Documento 189 - La resurrección

   
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El libro de Urantia

Documento 189

La resurrección

189:0.1 (2020.1) EL VIERNES por la tarde tras el entierro de Jesús, el jefe de los arcángeles de Nebadon, que estaba en Urantia en aquel momento, convocó a su consejo encargado de la resurrección de las criaturas con voluntad dormidas y se pusieron a estudiar posibles procedimientos de restaurar a Jesús. Estos hijos del universo local, criaturas de Miguel, no fueron reunidos por Gabriel sino que actuaban por iniciativa propia. A medianoche habían llegado a la conclusión de que la criatura no podía hacer nada para facilitar la resurrección del Creador y aceptaron el parecer de Gabriel que les explicó que, puesto que Miguel había «entregado su vida por su propia voluntad, tenía también el poder de recuperarla por su propia decisión». Poco después de que se suspendiera este consejo compuesto por arcángeles, Portadores de Vida y sus diversos colaboradores en las tareas de rehabilitación de criaturas y creación de morontia, el Ajustador Personalizado de Jesús, que estaba personalmente al mando de las huestes celestiales reunidas entonces en Urantia, se dirigió así a estos observadores expectantes:

189:0.2 (2020.2) «Ninguno de vosotros puede hacer nada para ayudar a vuestro padre-Creador a volver a la vida. Como mortal del mundo ha experimentado la muerte, como Soberano de un universo sigue viviendo. Lo que observáis es el tránsito como mortal de Jesús de Nazaret de la vida en la carne a la vida en la morontia. El tránsito de este Jesús como espíritu quedó consumado cuando me separé de su personalidad y me convertí en vuestro director temporal. Vuestro padre-Creador ha elegido pasar por toda la experiencia de sus criaturas mortales, desde el nacimiento en los mundos materiales hasta el estatus de la verdadera existencia de espíritu pasando por la muerte natural y la resurrección de la morontia. Estáis a punto de observar una fase de esta experiencia pero no podéis tomar parte en ella. No podéis hacer por el Creador las cosas que soléis hacer por las criaturas. Un Hijo Creador tiene de suyo el poder de otorgarse a imagen y semejanza de cualquiera de sus hijos creados, tiene de suyo el poder de entregar su vida observable y volver a recuperarla, y tiene este poder por orden directa del Padre del Paraíso. Os digo esto con pleno conocimiento.»

189:0.3 (2020.3) Cuando oyeron decir esto al Ajustador Personalizado, todos, desde Gabriel hasta la más humilde de las querubines, adoptaron una actitud de ansiosa expectativa. Veían el cuerpo mortal de Jesús en la tumba, detectaban indicios de la actividad de su amado Soberano en el universo, y como no comprendían estos fenómenos, esperaban pacientemente el desarrollo de los acontecimientos.

1. El tránsito a la morontia

189:1.1 (2020.4) El domingo a las tres menos cuarto de la mañana llegó la comisión de encarnación del Paraíso compuesta por siete personalidades paradisiacas no identificadas que se desplegaron inmediatamente en torno a la tumba. A las tres menos diez empezaron a emanar de la tumba nueva de José intensas vibraciones de actividades materiales y de morontia combinadas, y a las tres y dos minutos de la mañana del domingo 9 de abril del año 30 d. C. salió de la tumba la forma y la personalidad de la morontia resucitada de Jesús de Nazaret.

189:1.2 (2021.1) Cuando Jesús resucitado emergió de su tumba, el cuerpo de carne en el que había vivido y trabajado en la tierra durante casi treinta y seis años seguía yaciendo en el nicho del sepulcro envuelto en la sábana de lino tal como lo habían colocado José y sus compañeros el viernes por la tarde. Tampoco se había movido la piedra que cerraba la entrada de la tumba; el sello de Pilatos seguía intacto y los soldados seguían de guardia. Los guardianes del templo habían estado de servicio continuo, la guardia romana había sido relevada a medianoche. Ninguno de estos centinelas sospechaba que el objeto de su vigilancia se había elevado a una forma de existencia nueva y superior, y que el cuerpo que custodiaban ya no era más que una envoltura exterior desechada, sin ninguna conexión con la personalidad de la morontia liberada y resucitada de Jesús.

189:1.3 (2021.2) A la humanidad le cuesta percibir que, en todo lo que es personal, la materia es el esqueleto de la morontia y que ambos son la sombra reflejada de la realidad perdurable de espíritu. ¿Cuánto tiempo tendrá que pasar hasta que lleguéis a considerar el tiempo como la imagen en movimiento de la eternidad y el espacio como la sombra fugaz de las realidades del Paraíso?

189:1.4 (2021.3) Que nosotros sepamos, ninguna criatura de este universo ni ninguna personalidad de otro universo tuvo nada que ver con esta resurrección de Jesús de Nazaret en la morontia. El viernes entregó su vida como mortal del mundo, el domingo por la mañana la recuperó como ser de morontia del sistema de Satania en Norlatiadek. Hay muchas cosas sobre la resurrección de Jesús que no comprendemos, pero sabemos que ocurrió como acabamos de describir y más o menos a esa hora. Podemos dejar constancia también de que todos los fenómenos conocidos asociados a este tránsito como mortal —o resurrección en la morontia— ocurrieron allí mismo en la tumba nueva de José, donde yacían envueltos en lienzos fúnebres los restos mortales materiales de Jesús.

189:1.5 (2021.4) Sabemos que ninguna criatura del universo local intervino en este despertar en la morontia. Percibimos a las siete personalidades del Paraíso en torno al sepulcro, pero no les vimos hacer nada relacionado con el despertar del Maestro. En cuanto apareció Jesús al lado de Gabriel justo encima de la tumba, las siete personalidades del Paraíso hicieron ademán de salir inmediatamente hacia Uversa.

189:1.6 (2021.5) Aclaremos para siempre el concepto de la resurrección de Jesús con las siguientes declaraciones:

189:1.7 (2021.6) 1. Su cuerpo material o físico no formaba parte de la personalidad resucitada. Cuando Jesús salió de la tumba su cuerpo de carne seguía en el sepulcro tal como fue colocado. Emergió de la tumba sin mover las piedras que cerraban la entrada y sin tocar los sellos de Pilatos.

189:1.8 (2021.7) 2. No emergió de la tumba como espíritu ni como Miguel de Nebadon, no apareció con la forma del Soberano Creador que había tenido antes de encarnarse en Urantia a la semejanza de la carne mortal.

189:1.9 (2021.8) 3. Salió del sepulcro de José a imagen y semejanza de las personalidades de la morontia de aquellos que emergen resucitados como seres ascendentes de morontia en las salas de resurrección del primer mundo mansión de este sistema local de Satania. La presencia del monumento en memoria de Miguel en el centro del inmenso patio de las salas de resurrección de la mansonia número uno nos induce a suponer que la resurrección del Maestro en Urantia fue promovida de algún modo desde este primer mundo mansión del sistema.

189:1.10 (2022.1) Lo primero que hizo Jesús al salir del sepulcro fue saludar a Gabriel y ratificar su cargo de responsable ejecutivo de los asuntos del universo bajo la supervisión de Emmanuel. Luego encargó al jefe de los Melquisedec que transmitiera sus saludos fraternales a Emmanuel y pidió al Altísimo de Edentia la certificación de los Ancianos de los Días de su tránsito como mortal. Acto seguido, el Jesús de morontia se volvió hacia los colectivos de morontia de los siete mundos mansión congregados allí para saludar a su Creador y darle la bienvenida como criatura de su orden, y les dirigió las primeras palabras de su carrera posmortal: «Habiendo consumado mi vida en la carne, deseo quedarme aquí un poco de tiempo bajo mi forma de transición para poder conocer mejor la vida de mis criaturas ascendentes y seguir revelando la voluntad de mi Padre que está en el Paraíso».

189:1.11 (2022.2) Dicho esto, Jesús hizo una seña a su Ajustador Personalizado, y todas las inteligencias del universo que se habían reunido en Urantia para presenciar la resurrección se reincorporaron inmediatamente a sus respectivas tareas en el universo.

189:1.12 (2022.3) Jesús empezó entonces los contactos del nivel de la morontia y fue instruido como criatura sobre los requisitos de la vida que había elegido vivir durante un corto periodo de tiempo en Urantia. Esta iniciación al mundo de la morontia duró más de una hora del tiempo de la tierra y fue interrumpida dos veces por su deseo de comunicarse con sus antiguos compañeros humanos llegados de Jerusalén cuando se asomaron asombrados al interior de la tumba vacía y concluyeron que Jesús había resucitado.

189:1.13 (2022.4) El tránsito de Jesús como mortal —la resurrección del Hijo del Hombre en la morontia— se ha consumado, y acaba de empezar la experiencia transitoria del Maestro como personalidad a medio camino entre lo material y lo espiritual. Todo esto lo ha hecho por su propio poder inherente; ninguna personalidad le ha prestado ninguna ayuda. Ahora vive como Jesús de morontia, y al comienzo de esta vida en la morontia su cuerpo material de carne yace intacto en la tumba. Los soldados siguen de guardia y aún no se ha roto el sello del gobernador que precinta las piedras.

2. El cuerpo material de Jesús

189:2.1 (2022.5) A las tres y diez, mientras Jesús resucitado fraternizaba con las personalidades de la morontia allí reunidas de los siete mundos mansión de Satania, el jefe de los arcángeles —los ángeles de la resurrección— se acercó a Gabriel para pedirle el cuerpo mortal de Jesús con estas palabras: «Ya que no podemos participar en la resurrección de nuestro soberano Miguel en la morontia tras su experiencia de otorgamiento, solicitamos la custodia de sus restos mortales para disolverlos inmediatamente. No nos proponemos utilizar nuestra técnica de desmaterialización sino solo recurrir al proceso de aceleración del tiempo. Ya hemos tenido bastante con ver al Soberano vivir y morir en Urantia; ahorremos a las huestes del cielo el espectáculo y el recuerdo de la lenta putrefacción de la forma humana del Creador y Sostenedor de un universo. En nombre de las inteligencias celestiales de todo Nebadon solicito un mandato de custodia del cuerpo mortal de Jesús de Nazaret para proceder a su disolución inmediata».

189:2.2 (2023.1) Previa consulta de Gabriel al Altísimo superior de Edentia, el arcángel portavoz de las huestes celestiales fue autorizado a disponer a su criterio de los restos físicos de Jesús.

189:2.3 (2023.2) Una vez recibida la autorización, el jefe de los arcángeles llamó a colaborar a muchos de sus semejantes y a una multitud de representantes de todos los órdenes de personalidades celestiales. A continuación se hizo cargo del cuerpo físico de Jesús con ayuda de los intermedios de Urantia. Este cuerpo muerto era una creación puramente material, literalmente física, y no podía ser sacado de la tumba como había salido del sepulcro sellado la forma resucitada de morontia. Gracias a la intervención de ciertas personalidades auxiliares de la morontia, la forma de morontia puede volverse unas veces como la de espíritu, ajena a la materia común, y en cambio otras puede ser percibida por seres materiales como los mortales del mundo y establecer contacto con ellos.

189:2.4 (2023.3) Mientras los arcángeles y sus colaboradores se disponían a retirar el cuerpo de Jesús de la tumba para eliminarlo de forma digna y reverente mediante una disolución casi instantánea, los intermedios secundarios de Urantia se encargaron de apartar las piedras que cerraban la tumba. La más grande de estas dos piedras era una enorme masa circular muy parecida a una rueda de molino que se empujaba rodando hacia adelante y hacia atrás por una ranura cincelada en la roca para abrir y cerrar la tumba. Cuando los guardianes judíos y los soldados romanos vieron a la tenue luz del alba que esta enorme piedra empezaba a rodar por iniciativa propia y que se abría la entrada de la tumba sin ninguna explicación visible, el pánico se apoderó de ellos y salieron corriendo de allí. Los judíos huyeron a sus casas y volvieron más tarde al templo para informar a su capitán de estos hechos. Los romanos huyeron hacia la fortaleza Antonia, y en cuanto llegó el centurión le contaron lo que habían visto.

189:2.5 (2023.4) Los dirigentes judíos, después de haber sobornado al traidor en su vil pretensión de acabar con Jesús, volvieron a recurrir al soborno ante esta incómoda situación. En vez de castigar a los vigilantes por haber abandonado su puesto, optaron por sobornar tanto a sus propios guardias como a los romanos. Cada uno de estos veinte hombres recibió una suma de dinero a cambio de decir a todo el mundo: «Sus discípulos vinieron de noche y robaron el cuerpo mientras nosotros dormíamos». Y los líderes judíos prometieron solemnemente a los soldados que los defenderían ante Pilatos si llegaba a oídos del gobernador que habían aceptado un soborno.

189:2.6 (2023.5) La creencia cristiana en la resurrección de Jesús se ha basado en el hecho de la «tumba vacía». De hecho la tumba estaba vacía, pero esa no es la verdad de la resurrección. La tumba estaba realmente vacía cuando llegaron los primeros creyentes, y este hecho, unido al de la resurrección indudable del Maestro, les hizo formular una creencia que no era cierta: que el cuerpo material y mortal de Jesús se había levantado de la sepultura. La verdad relacionada con las realidades espirituales y los valores eternos no siempre se puede construir a partir de una combinación de hechos aparentes. Aunque los hechos individuales sean materialmente ciertos, ello no implica que la asociación de una serie de hechos conduzca necesariamente a conclusiones espirituales verdaderas.

189:2.7 (2023.6) La tumba de José estaba vacía, no porque el cuerpo de Jesús hubiera sido rehabilitado o resucitado, sino porque a petición de las huestes celestiales fue desintegrado de manera especial y única: volvió «del polvo al polvo» sin la intervención del paso del tiempo ni de los procesos visibles ordinarios de descomposición mortal y putrefacción material.

189:2.8 (2024.1) Los restos mortales de Jesús pasaron por el mismo proceso natural de desintegración elemental que caracteriza a todos los cuerpos humanos en la tierra salvo en lo referente al tiempo, puesto que la disolución natural fue acelerada hasta el punto de volverse casi instantánea.

189:2.9 (2024.2) Las verdaderas pruebas de la resurrección de Miguel son de naturaleza espiritual, y sin embargo esta enseñanza está corroborada por el testimonio de muchos mortales del mundo que se encontraron con el Maestro de morontia resucitado, lo reconocieron y estuvieron en comunicación con él. Antes de despedirse finalmente de Urantia Jesús formó parte de la experiencia personal de casi mil seres humanos.

3. La resurrección dispensacional

189:3.1 (2024.3) Poco después de las cuatro y media de la mañana de aquel domingo, Gabriel convocó a su lado a los arcángeles y se dispuso a inaugurar la resurrección general del final de la dispensación adánica de Urantia. Cuando la inmensa multitud de serafines y querubines implicadas en este magno acontecimiento se hubo colocado en la formación adecuada, el Miguel de morontia apareció ante Gabriel y dijo: «Así como mi Padre tiene la vida en sí mismo, le ha concedido también al Hijo tener la vida en sí mismo. Aunque aún no he reasumido plenamente el ejercicio de la jurisdicción del universo, esta limitación que me he impuesto no restringe en modo alguno el otorgamiento de la vida a mis hijos dormidos. Que empiece el llamamiento nominal de la resurrección planetaria».

189:3.2 (2024.4) Era la primera vez que el circuito de los arcángeles funcionaba desde Urantia. Gabriel y las huestes de arcángeles se trasladaron al punto de polaridad espiritual del planeta, y cuando Gabriel dio la señal, su voz relampagueó así hasta el primer mundo mansión del sistema: «¡Por orden de Miguel, que se levanten los muertos de una dispensación de Urantia!». Entonces todos los supervivientes de las razas humanas de Urantia que llevaban dormidos desde los tiempos de Adán y que aún no habían sido juzgados aparecieron en las salas de resurrección de mansonia listos para recibir la investidura morontial. Y en un instante las serafines y sus asociados se prepararon para salir hacia los mundos mansión. Lo normal hubiera sido que estas guardianas seráficas, asignadas en su día a la custodia colectiva de esos mortales supervivientes, estuvieran presentes en el momento de su despertar en las salas de resurrección de mansonia, pero estaban en Urantia porque en aquel momento era necesario que Gabriel estuviera aquí a efectos de la resurrección de Jesús en la morontia.

189:3.3 (2024.5) Desde los tiempos de Adán y Eva habían llegado a mansonia innumerables individuos, unos porque tenían guardianas seráficas personales y otros porque habían alcanzado el nivel necesario de progreso espiritual de la personalidad; también había habido muchas resurrecciones especiales y milenarias de los hijos de Urantia, pero aparte de esos casos, este era el tercer llamamiento nominal planetario o resurrección dispensacional completa. El primero tuvo lugar en el momento de la llegada del Príncipe Planetario, el segundo en tiempos de Adán, y este tercero celebraba la resurrección en la morontia —el tránsito como mortal— de Jesús de Nazaret.

189:3.4 (2024.6) Cuando el jefe de los arcángeles recibió la señal de la resurrección planetaria, el Ajustador Personalizado del Hijo del Hombre renunció a su jurisdicción sobre las huestes celestiales reunidas en Urantia y devolvió la autoridad sobre esos hijos del universo local a sus respectivos jefes. Después salió hacia Salvington para dejar constancia ante Emmanuel de la consumación del tránsito de Miguel como mortal. Todas las huestes celestiales cuyos servicios no eran necesarios en Urantia se marcharon detrás de él, pero Gabriel se quedó en Urantia con el Jesús de morontia.

189:3.5 (2025.1) Este es el relato de los acontecimientos de la resurrección de Jesús tal como los vieron los que estuvieron presentes cuando realmente ocurrieron, sin las limitaciones ni la parcialidad de la visión humana.

4. El descubrimiento de la tumba vacía

189:4.1 (2025.2) En cuanto a los apóstoles, no olvidemos que diez de ellos estaban en casa de Elías y María Marcos instalados en la habitación de arriba. Aquel domingo al amanecer, cuando se acercaba el momento de la resurrección de Jesús, dormían en los mismos divanes que ocuparon durante la última cena con su Maestro. Estaban todos reunidos allí menos Tomás. Tomás estuvo unos minutos con ellos cuando se reunieron el sábado a última hora, pero no pudo soportar ver a los apóstoles y recordar lo que le había ocurrido a Jesús. Recorrió a sus compañeros con la vista y se marchó inmediatamente a casa de Simón en Betfagé para ensimismarse a solas en su dolor. Todos los apóstoles sufrían, no tanto de dudas y desesperación como de miedo, dolor y vergüenza.

189:4.2 (2025.3) En casa de Nicodemo se habían reunido, además de David Zebedeo y José de Arimatea, unos doce o quince discípulos prominentes de Jesús en Jerusalén. En casa de José de Arimatea se alojaban unas quince o veinte mujeres creyentes destacadas. Como pasaron todo el sabbat solas en casa de José y no salieron ni durante el día ni por la noche, no se enteraron de que la tumba estaba vigilada por guardianes armados. Tampoco sabían que se había colocado una segunda piedra en la entrada de la tumba y que ambas se habían precintado con el sello de Pilatos.

189:4.3 (2025.4) El domingo un poco antes de las tres de la mañana, cuando empezaban a aparecer por el este los primeros signos del amanecer, cinco de estas mujeres se pusieron en camino hacia la tumba de Jesús. Habían preparado muchos ungüentos de embalsamar y llevaban muchos vendajes de lino. Querían preparar mejor el cuerpo de Jesús con los ungüentos fúnebres y envolverlo con más esmero en los nuevos vendajes.

189:4.4 (2025.5) Las mujeres que asumieron la misión de ungir el cuerpo de Jesús eran María Magdalena, María la madre de los gemelos Alfeo, Salomé la madre de los hermanos Zebedeo, Juana la esposa de Chuza y Susana la hija de Ezra de Alejandría.

189:4.5 (2025.6) Hacia las tres y media llegaron a la tumba vacía las cinco mujeres cargadas con sus ungüentos. Cuando salían por la puerta de Damasco se cruzaron con algunos soldados que entraban corriendo en la ciudad como despavoridos. Ellas se pararon unos minutos, pero al ver que no pasaba nada siguieron su camino.

189:4.6 (2025.7) Cuando vieron apartada la piedra que cerraba la tumba se asombraron muchísimo, pues habían ido comentando durante todo el camino: «¿Quién nos ayudará a mover la piedra?». Dejaron su carga en el suelo y empezaron a mirarse unas a otras sorprendidas y asustadas. Mientras estaban allí temblando de miedo, María Magdalena rodeó la piedra más pequeña y se atrevió a entrar en el sepulcro abierto. El huerto de José estaba situado en la ladera del lado este de la calzada, y la tumba también daba al este. A esa hora la luz del amanecer era suficiente para que María, al mirar hacia el sitio donde había yacido el cuerpo del Maestro, se diera cuenta de que ya no estaba. En el hueco de piedra donde depositaron a Jesús, María solo vio el paño doblado donde había reposado su cabeza y los vendajes con los que había sido envuelto intactos sobre la piedra, tal como estaban colocados antes de que las huestes celestiales retiraran el cuerpo. La sábana que lo cubría estaba al pie del nicho funerario.

189:4.7 (2026.1) María tuvo que pararse un poco en la entrada de la tumba para que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad, pero cuando por fin pudo ver que había desaparecido el cuerpo de Jesús y en su lugar solo quedaban los lienzos funerarios, dio un grito de alarma y angustia. Aquellas mujeres estaban con los nervios de punta desde que se toparon con los soldados despavoridos en la puerta de la ciudad, y al oír el angustioso grito salieron corriendo aterradas y no pararon hasta la puerta de Damasco. Entonces Juana cayó en la cuenta de que habían abandonado a María, así que animó a sus compañeras y volvieron hacia la tumba.

189:4.8 (2026.2) Cuando se acercaban al sepulcro, María Magdalena, aún más asustada al no encontrar a sus amigas cuando salió de la tumba, corrió hacia ellas y exclamó alteradísima: «¡No está ahí, se lo han llevado!». Las cinco volvieron juntas a la tumba, entraron y comprobaron que estaba vacía.

189:4.9 (2026.3) Después se sentaron en la piedra junto a la entrada para comentar la situación. No se les había ocurrido aún que Jesús hubiera resucitado. Como no habían hablado con nadie durante todo el sabbat, lo primero que se les ocurrió fue que el cuerpo habría sido trasladado a otro lugar de descanso, pero enseguida descartaron esta solución porque no explicaba la colocación ordenada de los lienzos funerarios: ¿cómo podía haber sido trasladado el cuerpo si los vendajes en los que estaba envuelto habían quedado en la misma posición y aparentemente intactos sobre la plataforma donde yació?

189:4.10 (2026.4) Cuando las cinco mujeres estaban allí sentadas a primeras horas de ese nuevo día, miraron hacia un lado y vieron a un desconocido inmóvil y silencioso. Volvieron a asustarse por un momento, pero María Magdalena, pensando que podría ser el hortelano, corrió hacia él y le preguntó: «¿A dónde habéis llevado al Maestro? ¿Dónde lo han puesto? Dínoslo para que podamos ir a buscarlo». Como el desconocido no le contestaba María se echó a llorar. Entonces Jesús preguntó a las mujeres: «¿A quién buscáis?». María respondió: «Buscamos a Jesús, que fue depositado en la tumba de José pero ya no está. ¿Sabes a dónde se lo han llevado?». Entonces Jesús dijo: «¿Acaso no os dijo ese Jesús, incluso en Galilea, que moriría pero luego resucitaría?». Estas palabras sobresaltaron a las mujeres, pero el Maestro estaba tan cambiado que no lo reconocieron vuelto de espaldas contra la escasa luz del amanecer. Mientras ellas reflexionaban sobre sus palabras, Jesús se dirigió a Magdalena y le dijo con voz familiar: «María». Al oír pronunciar su nombre en ese tono de simpatía y afectuoso saludo que tan bien conocía, supo que era la voz del Maestro y corrió a arrodillarse a sus pies exclamando: «¡Mi Señor y mi Maestro!». Todas las demás mujeres reconocieron que era el Maestro el que estaba ante ellas bajo una forma glorificada, y se arrodillaron ante él.

189:4.11 (2027.1) Aquellos ojos humanos pudieron ver la forma de morontia de Jesús gracias al ministerio especial de los transformadores y los intermedios en colaboración con ciertas personalidades de la morontia que acompañaban entonces a Jesús.

189:4.12 (2027.2) Cuando María trató de abrazarse a sus pies, Jesús le dijo: «No me toques, María, pues no soy como me conociste en la carne. Estaré con vosotros bajo esta forma durante un tiempo antes de ascender al Padre. Y ahora id todas a decir a mis apóstoles —y a Pedro— que he resucitado y que habéis hablado conmigo».

189:4.13 (2027.3) En cuanto se recuperaron de la impresión, las mujeres volvieron rápidamente a casa de Elías Marcos a contar a los diez apóstoles todo lo que les había ocurrido. Los apóstoles se mostraron muy reacios a creerlo. Al principio pensaron que las mujeres habían tenido una visión, pero cuando María Magdalena repitió las palabras que Jesús les había dicho y cuando Pedro oyó su nombre, salió corriendo de la habitación de arriba seguido de cerca por Juan para llegar cuanto antes a la tumba y verlo todo por sí mismo.

189:4.14 (2027.4) Las mujeres repitieron a los otros apóstoles la historia de su conversación con Jesús pero ellos no quisieron creer, ni tampoco quisieron ir a averiguarlo por sí mismos como Pedro y Juan.

5. Pedro y Juan en la tumba

189:5.1 (2027.5) Mientras los dos apóstoles corrían hacia el Gólgota y la tumba de José, los pensamientos de Pedro alternaban entre el miedo y la esperanza; temía encontrarse con el Maestro, pero la noticia de que Jesús le había enviado un recado especial había despertado su esperanza. Empezaba a creer que Jesús estaba realmente vivo, recordaba la promesa de que resucitaría al tercer día. Por extraño que parezca no se le había ocurrido recordar esta promesa desde la crucifixión hasta ese momento en que atravesaba Jerusalén corriendo hacia el norte. Por su parte Juan sentía brotar en su alma un extraño éxtasis de júbilo y esperanza mientras corría. Estaba medio convencido de que las mujeres habían visto realmente al Maestro resucitado.

189:5.2 (2027.6) Como Juan era más joven, adelantó a Pedro y llegó el primero a la tumba. Juan se paró en la entrada y observó el interior, que estaba tal como María lo había descrito. Poco después llegó corriendo Simón Pedro, entró y vio la misma tumba vacía con los lienzos funerarios colocados de esa forma tan especial. Después de salir Pedro entró Juan y lo comprobó todo por sí mismo. Luego se sentaron en la piedra a reflexionar sobre el significado de lo que habían visto y oído. Dieron vueltas en la cabeza a todas las cosas que les habían dicho sobre Jesús, pero no pudieron hacerse una idea clara de lo que había ocurrido.

189:5.3 (2027.7) Pedro opinaba en un primer momento que la sepultura había sido saqueada, que los enemigos habían robado el cuerpo y quizás sobornado a los guardias, pero Juan razonó que no habrían dejado la tumba tan ordenada si hubieran robado el cuerpo; además no tenía sentido que hubieran dejado atrás los vendajes y que estuvieran aparentemente intactos. Los dos volvieron a entrar en la tumba para examinar más detenidamente los lienzos funerarios. Cuando salieron de la tumba por segunda vez encontraron a María Magdalena llorando delante de la entrada. María había acudido a los apóstoles convencida de que Jesús se había levantado de la sepultura, pero cuando todos se negaron a creer en su relato se sintió abatida y desconsolada. Anhelaba volver cerca de la tumba donde creía haber oído la voz familiar de Jesús.

189:5.4 (2027.8) Cuando Pedro y Juan se marcharon María se quedó allí. Entonces el Maestro se le apareció de nuevo y le dijo: «No dudes. Ten el valor de creer en lo que has visto y oído. Vuelve a mis apóstoles y diles otra vez que he resucitado, que me apareceré a ellos y que dentro de poco iré delante de ellos a Galilea como prometí».

189:5.5 (2028.1) María volvió rápidamente a casa de Marcos a contar a los apóstoles que había hablado otra vez con Jesús, pero ellos tampoco quisieron creerlo. Sin embargo, cuando Pedro y Juan volvieron dejaron de burlarse y se llenaron de miedo y aprensión.

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