La niña de la camiseta rosa

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La niña de la camiseta rosa
Jennifer Siegel
Jennifer Siegel

De Jennifer Siegel, Colorado (Estados Unidos)

Nota de la redacción: Jennifer Siegel es una lectora veterana que se siente inspirada por El libro de Urantia a servir a los demás. Entre sus proyectos actuales está llevar un grupo de estudio de jóvenes, preparar comidas para las reuniones y eventos que se celebran en la sede de la Fundación Urantia y supervisar la renovación del edificio. En esta historia, comparte una de sus experiencias durante una reciente aventura de servicio. Ella y su esposo, Mo Siegel, viajaron a Etiopía para ayudar al Himalayan Cataract Project (ww.cureblindness.org) a curar la ceguera evitable.

El tercer día como voluntaria en la clínica oftalmológica del Hospital General Arba Minch de Etiopía con el Himalayan Cataract Project comenzó igual que los demás. La buena noticia de quitar los vendajes de más de 175 pacientes en espera y sus sonidos de alegría extrema fue increíblemente emotiva. Algunos caían de rodillas sin poderse creer que veían por primera vez, otros levantaban las manos y hacían el gorjeo alegre que pensaba que solo oiría en documentales sobre lugares lejanos. Muchos eran sutiles y tímidos, avergonzados de hacer su primer contacto visual después de tanto tiempo.

A medida que avanzaba el día, se examinó a un nuevo grupo de pacientes y se les marcó con un esparadrapo. Un trozo sobre un ojo significaba que estaba ciego de ese ojo, dos trozos significaban estar ciego de los dos. La vi apretujada entre la multitud de candidatos adultos, sentados en bancos esperando a ser operados. Era imposible no verla. Tan guapa, de unos diez años, con su camiseta rosa manchada. Alguien la había peinado con trenzas, lo que hacía que su triste pero bello rostro se viera acentuado con los trozos de esparadrapo sobre cada ojo. Su ceguera no era por cataratas; necesitaba trasplante de córnea en los dos ojos.

Sabía que solo teníamos seis córneas en la nevera. Se mantenían en el refrigerador junto al agua. Un cargamento precioso que esperaba a los afortunados. Ella necesitaba dos y le pusieron una; tuvo suerte. Los pacientes de trasplante de córnea eran especiales, la cirugía era difícil e intrincada y las córneas muy valiosas. Vimos al Dr. Geoff haciendo una operación la noche que llegamos. Cuando terminó, cada delicada cicatriz hacía que el ojo pareciera la esfera de un reloj con los minutos. Era truculento y bello a la vez.

Después de la operación, mi niña de la camiseta rosa fue llevada a una pequeña habitación con el resto de “afortunados” con el fin de vigilar cualquier infección. Y allí estuvo contemplándome desde el quicio de la puerta, todos los días y todas las noches durante cuatro días. Esperaba a que yo pasara, me saludaba, asentía o me mostraba los pulgares hacia arriba. Su nueva vida se convirtió en mi recompensa por otra hora transcurrida haciendo todo lo que podía.

Podía verme con un ojo, y podía sentirla con todo mi corazón. Nunca vimos que la visitara algún pariente, lo que hacía traumático decirle adiós. Tuve que dejar a mi niña de la camiseta rosa en Etiopía, pero ella nunca me dejará. Ella cambió mi corazón y por tanto cambió mi vida. Es bueno recordar que tenemos corazón.

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