Cómo me encontró El libro de Urantia y lo que significa

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De Myra Height, Lake Tahoe (Nevada, Estados Unidos)

Mi historia comienza a la edad de cinco años, cuando empecé a sentir a Dios. Pero era un desafío para mí, pues mi padre es ateo, ya que de joven su fe cristiana se tambaleó al contemplar la devastación de la guerra de Corea. Mi madre se crió como católica y las monjas del convento habían abusado de ella cuando mi abuela la dejó allí para establecer su residencia en Norteamérica. No hace falta decir que no me criaron en un hogar religioso.

Cuando tenía unos once años, comencé a debatir con mi padre acerca de la existencia de Dios, y siempre me sentía frustrada porque no podía demostrar con palabras que Dios existía. Creo que estas discusiones estaban fertilizando mi mente para la Revelación Urantia. Me hicieron cuestionarme lo que oía, cuando más tarde fui de iglesia en iglesia, y lo que leía cuando iba de libro en libro buscando lo que pudiera responder a mis preguntas. Al haber estado por entonces imbuida del pensamiento crítico de mi padre, encontré hipocresía y una presentación poco clara de las creencias en todos ellos. ¡Nada de eso iba a ayudar a demostrarle a mi padre que Dios existe! ¡Casi me enfadé porque no podía desentrañar que, con todo el conocimiento del mundo, no había nada escrito que nos dijera la auténtica verdad! Si Dios es el Creador, ¿por qué no podemos conocerle? ¿Pero dónde estaba? Recé mucho para encontrarlo, y no me importaba lo que fuera mientras fuera la verdad. Seguí buscando.

Un día de 1977 (tenía 17 años), estaba sentada en una pequeña playa vacía, y un chico rubio se acercó, se sentó junto a mí y hablamos. Él dijo, “deberías conocer a mi madre”, y le dije, “de acuerdo”. Caminamos hasta su casa y Jean y yo hicimos buenas migas. No mucho después comenzamos hablando de Dios, mi tema favorito. Ella me miró, dijo “tengo un libro” y abrió El libro de Urantia por el Prólogo; lo leí y lloré. Sabía en lo más hondo de mi ser que por fin lo había encontrado, o más bien que me había encontrado a mí.

El libro de Urantia nos da una “visión del universo” y responde a mis preguntas: “Por qué existo” y “Quién es Dios”. El libro de Urantia es mi guía para comprender a mis hermanos y, a partir de ahí, a crecer para amar a mis hermanos. Me siento bien.

El libro de Urantia me hace saber que las elecciones que hago a lo largo de mi viaje importan en la eternidad eterna. Me da razones para levantarme todos los días con el fin de ver lo que mi pequeño yo puede hacer para contribuir al Supremo y a nuestro planeta, Urantia. Me hace saber que todas las acciones contribuyen y, por tanto, debería dar lo mejor de mí. Las enseñanzas me ayudan a superar los conflictos que surgen de mi debilidad de mortal. Me da un propósito para vivir y la fuerza de hacer la voluntad del Padre.

El libro de Urantia me permite vivir en este planeta desgarrado por los conflictos con un mayor entendimiento de que los que sufran sobrevivirán y sus experiencias contribuirán al Supremo; el dolor no está desprovisto de valor. Me dice que Urantia tiene una hueste de amigos invisibles que hacen todo lo que las leyes del universo les permiten hacer en conexión con sus esfuerzos por hacer avanzar a nuestro planeta hacia la luz y la vida. Este conocimiento me da energía y expande mi capacidad de brillar con la luz de Dios y de vivir las enseñanzas de Jesús antes que consumirme por el dolor o que éste me paralice.

Me siento afortunada por haber encontrado El libro de Urantia cuando era joven. A través de él, he encontrado las claves para conectar con Dios. Siempre supe que Dios estaba dentro, y El libro de Urantia me dice que estamos morados en nuestro interior por nuestro amado Ajustador del Pensamiento. El libro de Urantia me dice que necesito “tomar la iniciativa” de acuerdo con la brújula moral de Dios que me guía en el viaje eterno de mi vida. Lo significa todo para mí.

Sí que le di un libro a mi padre y no, no lo leyó. Está bien; sé que él estará bien. Jean fue mi única compañera de estudio durante décadas, aunque siempre dimos lo mejor de nosotras para ser fieles diseminadoras. En 2004, asistí a mi primera conferencia y tuve la suerte de conocer a mucha gente bella a la que atesoro profundamente. Ahora que mis hijos son mayores, incluso tengo tiempo para hacer trabajo de voluntariado, y eso me produce alegría. Estoy “viviendo el sueño”. Gracias, Padre.

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